Hubo discusiones. Hubo noches en las que volví a preguntarle por qué me había mentido. Y hubo momentos en los que Robert tuvo que aceptar que el perdón no podía llegar simplemente porque estaba enfermo.
Yo lo amaba, pero también necesitaba tiempo para procesar su traición.
Una tarde, mientras paseábamos por el jardín de nuestra casa, Robert me pidió que sacara la fotografía que nos habíamos tomado en el hotel.
La llevaba guardada en mi bolso.
En ella aparecíamos abrazados, bajo la luz cálida de la habitación. Yo sonreía. Él me miraba como si intentara memorizar mi rostro.
—Pensé que esta sería nuestra última fotografía juntos —me dijo.
—¿Y por qué querías que la conservara para siempre?
Robert respiró hondo.
—Porque tenía miedo de que, cuando me fuera, olvidaras lo felices que fuimos antes de que todo esto sucediera.