Ella tenía lágrimas en los ojos.
—Señora Margaret, no espero que me perdone por algo que ni siquiera fue decisión mía. Yo tampoco sabía cómo acercarme a usted. Durante años pensé que mi padre se avergonzaba de mí.
—¿Y ahora qué piensas? —le pregunté.
Linda miró a Robert.
—Ahora creo que tenía miedo. Pero también creo que el miedo no justifica hacer daño a las personas que amas.
Aquellas palabras me llegaron al corazón.
Nos sentamos los cuatro en una pequeña sala.
Durante horas escuché la historia de Linda: su infancia, las preguntas que nunca pudo hacerle a su padre y las cartas que había conservado de su madre. Descubrí que no había aparecido en nuestra vida para quitarme nada. Solo quería conocer al hombre cuya ausencia había marcado la suya.
Y, poco a poco, empecé a comprender que en aquella historia había más de una persona herida.