Capítulo 2: La llave de plata

Y debajo de todo, el objeto que me hizo llorar por fin, no de pena sino de otra cosa más honda y más vieja: una libretita de tapas de hule, de las de llevar en el bolso, donde Gertrude apuntaba sus visitas con la letra de antes de la artritis y la de después mezcladas como dos mujeres distintas.

«Domingo: viene Christopher a comer». Tachado.
«Domingo: viene Christopher, seguro». Tachado.
«Domingo: Christopher tiene trabajo. Viene Rosalyn. He hecho su bizcocho». Sin tachar.

Cuarenta y una páginas de domingos tachados. Y en todas las páginas sin tachar, el mismo nombre, que no es el de su hijo.

He dejado la libreta donde estaba. Hay pruebas que no son para los jueces. Son para la conciencia de una sola persona, y esa persona ni siquiera sabe todavía que su madre ha muerto.

Esta tarde llamé a la notaria que firmó el testamento nuevo. Se llama Halloway y su voz, al oír la mía, se ablandó de una manera que me confirmó que Gertrude lo había dejado todo hablado, hasta mi llamada.

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