Capítulo 2: La llave de plata

En el sobre marrón está todo lo demás. Lo que hizo con mi dinero mientras yo firmaba poderes “para facilitarte las cosas, mamá”. A mí no me duele el dinero, que ya no lo necesito. Me duele que lo gastara en ella teniendo a su mujer abrochándome los botones. Entrégaselo todo a la notaria. Y luego haz lo que yo no tuve fuerzas de hacer en vida: vete de esa casa sin deberle ni una explicación.»

El sobre marrón estaba al fondo del cajón, sellado con lacre, como lo sellan las mujeres que no se fían ni de la muerte.

Dentro había extractos bancarios de seis años, ordenados por la mano meticulosa de una mujer que sabía perfectamente lo que su hijo estaba haciendo y se tomó el trabajo de documentarlo en silencio: transferencias desde la cuenta de Gertrude, autorizadas por el poder notarial que Christopher le pidió «para facilitar las cosas», hacia pagos que no eran de una anciana de provincias. El alquiler de un apartamento en la costa. Los cargos de un hotel que se repetía como una estación del año: Hotel Mar Serena. Isla Serena. Joyerías. Y las fotografías del detective, que no había quemado todas: Christopher en una terraza frente al mar, riendo, con la mano de una mujer joven sobre su camisa. La misma risa que yo oí ayer al otro lado de un teléfono, con las olas detrás.

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