No estaba atascado. Estaba cerrado. Y la llave de plata giró dentro como si hubiera estado esperando veinte años a que yo dejara de creerme el cuento del cajón atascado.
Dentro no había joyas. Había papeles, atados con una cinta azul desvaída, y encima de todos, un sobre con mi nombre en la letra temblorosa y terca de Gertrude:
«Para Rosalyn. Para cuando no venga. Otra vez».
Me senté en su cama a leerlo, con las manos sucias de polvo de cajón cerrado.
«Mi niña: si estás leyendo esto es que ya no estoy, y que él no estaba. No me equivoqué contigo ni una sola vez en veinte años, y en esto tampoco quería equivocarme: él no iba a venir. Lo sé desde el día en que te quedaste dormida en la silla de mi hospital, tras lo del bebé, mientras mi hijo contestaba correos en el pasillo como si el dolor de su mujer fuera un ruido de fondo. Aquella noche entendí que mi hijo se había ido mucho antes de irse.