Capítulo 2: La llave de plata

Así que conduje hasta casa de Gertrude con la llavecita de plata cerrada en el puño, haciendo el trayecto que he hecho mil veces para ayudarla a vestirse, para llevarle la compra, para las citas a las que su hijo prometía acompañarla y a las que llegaba yo, siempre yo, con la carpeta de los análisis y una puntualidad que él llamaba «tu carácter».

La casa olía a ella: a lavanda y a papel antiguo. Su abrigo seguía junto a la puerta, el de los botones que la artritis le había ido robando dedo a dedo. Lo toqué al pasar. Todavía no sé por qué lo hice. Supongo que las manos de las cuidadoras tienen memoria propia y la mía buscaba un botón que abrochar.

La llave no era de ninguna puerta. Era pequeña, de las de mueble antiguo, y pasé diez minutos probándola como una ladrona educada en mi propia vida: el joyero del tocador —no—; la caja de costura —no—; el armario de la ropa de cama —no—. Hasta que llegué al secreter de su dormitorio, ese mueble estrecho del que solo se abrían dos cajones de los tres, porque el tercero, me dijo una vez hace años, «está atascado desde antes de que nacieras tú».

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