Algunas personas del grupo comenzaron a murmurar.
—Pobre mujer, apenas puede mantenerse en pie.
—Quizá el guardia se ha equivocado.
Pero otros seguían grabando con sus teléfonos, esperando que la situación se volviera todavía más escandalosa.
El guardia pareció sentirse respaldado por la multitud.
—Muy bien. Voy a llamar a la policía. Entonces veremos quién tiene razón.
Mi madre levantó lentamente la cabeza.
—No hace falta llamar a nadie, señor —dijo con voz débil—. Yo no he robado nada.
—¡Entonces vacíe sus bolsillos!
Ella miró primero al guardia y después a mí.
Había algo en sus ojos que no conseguí comprender. No era solamente vergüenza. Era una tristeza profunda, como si aquel hombre hubiera despertado un recuerdo que llevaba muchos años intentando mantener enterrado.
—Mamá —le dije suavemente, acercándome a ella—, no tienes que hacer nada que te haga sentir humillada. Estoy aquí contigo.