Me llamo Victoria Bennett.
Tengo treinta y cuatro años y fundé mi primera empresa a los veinticinco.
No nací en una familia adinerada. Mi padre era mecánico y mi madre trabajaba como auxiliar administrativa. Desde pequeña aprendí que el dinero no aparecía por arte de magia y que la independencia se construía con decisiones que muchas veces nadie veía.
Empecé comprando pequeñas propiedades deterioradas, renovándolas y vendiéndolas. Más adelante, invertí en inmuebles comerciales y desarrollé una empresa de gestión patrimonial.
A los treinta años, mis inversiones habían superado los ocho millones de dólares.
No necesitaba a Daniel para vivir.
Lo amaba, y esa era una diferencia que nunca logré hacerle entender.
Cuando lo conocí, él trabajaba como director comercial en una empresa de construcción. Era encantador, inteligente y tenía una manera de hacerte sentir como si fueras la única persona en una habitación llena de gente.