Pero ya no era aquella mujer.
Escribí una respuesta breve:
Espero que Daniel encuentre la ayuda que necesita. Le deseo lo mejor, pero no volveré a financiar su vida ni a asumir responsabilidades que no me corresponden. Por favor, no vuelvas a contactarme para pedirme dinero.
Después bloqueé el número.
No sentí triunfo.
No sentí ganas de presumir de la casa que había comprado ni de recordarle que la mansión nunca había sido de su hijo.
No necesitaba hacerlo.
Ellos ya conocían la verdad.
La mansión había estado a mi nombre.
La asignación mensual había salido de mi dinero.
Y la mujer a la que habían llamado inútil había sido quien sostuvo económicamente aquella vida durante años.
Pero esa no fue mi mayor victoria.
Mi mayor victoria fue comprender que no tenía que demostrarles nada.