Mi mayor triunfo no fue demostrar que era dueña del Grand Bellamy. Fue dejar de intentar comprar el respeto de mi propio hijo.
Porque una madre puede ofrecer amor, sacrificios y oportunidades, pero no puede obligar a nadie a apreciarlos.
Y, al final, esa es una lección que ni siquiera 150.000 dólares pueden comprar.