Nunca necesité aquella casa.
Solo quería que, cuando creciera, siguiera viendo en mí a su madre.
Al parecer, incluso eso se había vuelto demasiado pedir.
Aquella tarde recibí otra llamada. Era Vanessa.
—Margaret, quería asegurarme de que todo estuviera en orden con el pago —dijo con su habitual tono condescendiente—. El hotel necesita confirmar algunos servicios adicionales.
—Estoy revisando la factura.
Hubo una pausa.
—¿Revisándola? No entiendo. Ethan dijo que te encargarías de todo.
—Me encargaré de verificar los importes antes de pagar.
Su voz se endureció.
—Mira, Margaret, no queremos problemas. La familia de mi padre llegará desde Europa y estamos organizando una celebración de primer nivel. No podemos permitir que algo tan insignificante como el dinero arruine nuestra boda.
Sonreí ligeramente.
—Me alegra saber que el dinero es insignificante para ustedes.
Vanessa ignoró mi comentario.
—Por cierto, hemos decidido que el regalo de bodas sea únicamente una contribución económica. No queremos objetos baratos que después tengamos que guardar en un armario.