“Señor Álvarez, necesito que me explique esto.”
Estudió la mesa.
Entonces dijo: “Mi hija se llamaba Sofía”.
Dejé de moverme.
Asintió con la cabeza hacia la pared.
La mujer que aparecía junto a él en varias fotografías no era su esposa.
Ahora podía verlo.
Tenía sus ojos y la misma boca seria.
“Tenía una niña pequeña”, continuó. “Se llamaba Camila”.
Esperé.
“Sofía se casó joven. Al principio, el hombre era encantador. Le caía bien a todo el mundo.”
Apretó la mandíbula.
“Entonces empezó a controlarlo todo. El dinero. Su ropa. Sus amigos. Se aseguró de que no tuviera adónde ir.”
Mi ira se desvaneció.
El señor Álvarez se frotó el pulgar contra la cicatriz de la mano.
“Me llamó una vez”, dijo. “Me preguntó si ella y Camila podían quedarse aquí”.
“¿Qué dijiste?”
Cerró los ojos por un instante.
“Le dije que se fuera a casa y que arreglara las cosas con su marido.”
El reloj seguía corriendo.
Apenas podía respirar.
—¿Por qué? —susurré.
“Porque era terca. Porque pensaba que el matrimonio era una promesa que se cumplía, incluso cuando dolía.”
Su voz se quebró en la última palabra.
Volví a mirar las fotografías.