El trozo de papel temblaba entre mis dedos con tal fuerza que las letras se volvían borrosas ante mis ojos. En el formulario amarillento, que lucía el sello de la policía local, una palabra garabateada a toda prisa comenzaba con mi nombre.

Debajo había una dirección y una hora.

Y una última frase:

Si todavía quieres saber por qué dejamos de visitarte, ven mañana a las diez. Ven sola. Te prometo que comprenderás muchas cosas, aunque algunas te duelan.

Me quedé mirando aquellas palabras.

¿Mi exmarido?

¿El hombre que se había marchado hacía más de veinte años?

¿Qué tenía que ver él con la ausencia de mis hijos?

Volví a abrir la puerta.

El policía seguía junto a su vehículo.

—Disculpe —le dije—. ¿Quién le entregó esta nota?

—Una mujer que se presentó en la comisaría esta tarde. Me pidió que se la hiciera llegar porque temía que usted no contestara el teléfono.

—¿Quién era?

El agente consultó sus notas.

—Sarah Morales.

Mi hija mayor.

La misma hija que había prometido venir a mi cumpleaños.

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