No pedí volver a ser joven.
No pedí que los años difíciles desaparecieran.
Pedí que nunca volviéramos a confundir el silencio con la paz, ni la distancia con la independencia, ni la fuerza con la ausencia de dolor.
Pedí que mis hijos aprendieran a llamarme antes de que una fecha especial los obligara a recordar que existo.
Y pedí algo más, solo para mí.
Que, a partir de aquel día, yo también aprendiera a vivir sin esperar siempre a que alguien más decidiera cuándo merecía compañía.
EPÍLOGO: LO QUE APRENDÍ A LOS SESENTA AÑOS
Un año después, mi vida no es perfecta.
Mis hijos siguen teniendo trabajos, responsabilidades y problemas propios. No pueden visitarme cada fin de semana, y yo tampoco espero que lo hagan.
Pero ahora hablamos con más sinceridad.
Si alguien no puede venir, me lo dice.