—Estás nerviosa, eso es todo. Mañana te sentirás mejor.
Pero aquella noche no preparó la bebida frente a mí.
Esperó a que yo estuviera en el salón, viendo la televisión, y entró en la cocina. Desde el otro extremo del pasillo, observé cómo sacaba el mismo frasco oscuro del bolsillo.
Añadió unas gotas a la taza.
Después miró hacia la puerta, como si temiera que alguien lo estuviera vigilando.
Y entonces hizo algo que me heló la sangre.
Sacó su teléfono y fotografió la taza antes de colocarla en una bandeja.
Unos segundos después, su teléfono vibró.
Daniel leyó el mensaje y respondió rápidamente.
No pude ver todas las palabras, pero distinguí una frase en la pantalla:
«La dosis todavía no está funcionando como esperábamos».
Se me cortó la respiración.
No era una preocupación espontánea por mi salud. Alguien más estaba involucrado.