Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Sí, mamá. Eso fue lo que más me dolió.
Ella asintió.
—Lo siento.
No intentó justificarlo.
No habló de Héctor.
No me pidió que olvidara.
Simplemente me pidió perdón.
Y, por primera vez, pude escuchar aquellas palabras sin sentir que tenía que decidir inmediatamente si todo estaba perdonado.
La abracé.
—Gracias por decírmelo.
No significaba que el pasado hubiera desaparecido.
Significaba que podíamos hablar de él sin fingir que nunca había ocurrido.
Cuando se marchó, me quedé un rato en el patio mirando los dos limoneros.
Pensé en aquel niño que había llorado afuera de la notaría al recibir las llaves de su primera casa.
En el hombre que había encontrado sus pertenencias apiladas en una bodega.
Y en todo lo que había aprendido entre esos dos momentos.