Y entonces yo decía:
—Mamá, puedo escucharte. Pero no puedo hacerme cargo de todo.
Al principio le costaba aceptarlo.
Después comenzó a acostumbrarse.
Una tarde llegó a mi casa con una maceta de barro y un pequeño limonero nuevo.
—Vi este en el vivero y pensé en ti —dijo.
La miré con una sonrisa.
—¿Otro limonero?
Ella soltó una carcajada.
—El primero necesita compañía.
Lo colocamos juntos en el patio.
Después nos sentamos a tomar café.
Durante un rato, el silencio no fue incómodo.
Finalmente, mi madre habló.
—Daniel, hay algo que quiero decirte.
La miré.
—Cuando Héctor te sacó de la casa, yo pensé que, como siempre habías podido resolverlo todo, también superarías aquello. No entendí que estaba ayudando a romper algo que para ti significaba mucho más que cuatro paredes.
Se le quebró la voz.
—Me diste un hogar cuando yo no tenía ninguno. Y yo permití que alguien te hiciera sentir que no pertenecías allí.