Pidió un café.
Durante unos minutos hablamos de cosas pequeñas: su trabajo en la biblioteca, una vecina que se había enfermado, el calor que empezaba a sentirse en Querétaro.
Después dejó la taza sobre el plato.
—Voy a separarme de Héctor.
No supe qué decir.
No sentí alegría.
Tampoco alivio inmediato.
Solo una profunda tristeza por mi madre, que había depositado tantas esperanzas en un hombre que terminó haciéndola sentir insegura.
—¿Estás segura? —pregunté.
Ella asintió.
—He estado hablando con una abogada. Necesito entender qué firmé y cuáles son mis derechos. No quiero seguir viviendo con miedo a que se enoje cada vez que hago una pregunta.
Respiró profundamente.
—Me prometió que íbamos a construir una vida juntos. Pero cada vez que hablaba de dinero, terminábamos discutiendo. Quería que yo confiara en él sin explicarme nada.
—¿Y la casa?