La persona que había llamado era Héctor.
Quería saber si podía retirar algunas cajas.
La administradora no le había permitido hacerlo porque el contrato estaba a mi nombre y él no figuraba como autorizado.
Mariana me aconsejó que acudiera a revisar mis pertenencias, acompañado por alguien de confianza, y que documentara cualquier faltante.
Fui esa misma tarde.
La bodega olía a polvo, cartón y humedad.
Las cajas estaban apiladas hasta la mitad de la pared. Algunas tenían etiquetas escritas con mi letra. Otras habían sido marcadas apresuradamente con plumón negro.
Empecé a revisar.
Mi ropa estaba allí.
También mis herramientas.
Mis libros.
Los archivos del trabajo.
Pero faltaba una carpeta azul donde guardaba copias de documentos relacionados con la casa.
No era la escritura original, que estaba resguardada en otro lugar, pero sí contenía estados de cuenta, recibos y correspondencia de la hipoteca.