Valeria se quedó inmóvil.
—¿Me está ofreciendo el puesto?
—Si aceptas.
Ella bajó la mirada para ocultar que los ojos se le estaban llenando de lágrimas.
Durante años había escuchado que era una hija ingrata, una hermana egoísta y una mujer incapaz de comprender lo que significaba la familia.
Sin embargo, en aquella oficina, alguien acababa de reconocer su esfuerzo sin exigirle nada a cambio.
—Acepto —respondió.
Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió sin sentirse culpable.
La llamada que confirmó todas sus sospechas
Dos días después, mientras firmaba el contrato de un pequeño departamento amueblado cerca de su oficina, recibió una llamada de un número desconocido.
Contestó por educación.
—¿Señorita Valeria Mendoza?
—Sí, soy yo.
—Le hablamos de la institución bancaria donde tiene registrada una cuenta de crédito familiar. Necesitamos confirmar algunos datos relacionados con los pagos de un préstamo hipotecario.