Solo tenía que preocuparse por ella misma.
Y, curiosamente, eso le dio más miedo que cualquier discusión.
Porque cuando llevas diez años sosteniendo a otras personas, terminas creyendo que, si las sueltas, el mundo entero se viene abajo.
Pero aquella mañana, el mundo no se acabó.
Valeria se duchó, se vistió, pidió un taxi y llegó a su trabajo con veinte minutos de anticipación.
Su jefe, el licenciado Ramírez, la recibió en la sala de juntas con una carpeta bajo el brazo.
—Valeria, necesito hablar contigo.
Ella sintió un nudo en el estómago.
—Si es por el retraso del domingo, puedo explicarlo.
—¿Qué retraso? —preguntó él, sorprendido—. Tu informe quedó terminado antes de la fecha límite.
Colocó la carpeta sobre la mesa.
—Quiero proponerte algo. La dirección está abriendo una posición de gerente de auditoría. Llevamos meses buscando a alguien que conozca los procedimientos como tú. El puesto implica un aumento salarial, prestaciones superiores y la posibilidad de dirigir tu propio equipo.