—¿Ves? —dijo—. Todavía nos quiere. Va a ayudarnos.
Héctor leyó el mensaje una vez más.
Y por primera vez se preguntó si su hija no estaría regresando para rescatarlos.
Quizá regresaba para poner las cosas en su lugar.
A las cinco de la tarde, Valeria regresó
El coche se detuvo frente a la casa.
Valeria bajó con un traje gris, zapatos negros y una carpeta de documentos en la mano.
Ya no era la mujer que había salido de allí con dos maletas y el corazón destrozado.
Caminaba con la espalda recta.
No porque hubiera dejado de sentir dolor.
Sino porque había aprendido que sentir dolor no significaba tener que obedecer.
Su madre abrió la puerta antes de que tocara.
—¡Hija!
Estela intentó abrazarla.
Valeria dio un paso hacia atrás, sin brusquedad.
—Buenas tardes, mamá.
La mujer se quedó con los brazos suspendidos en el aire.