PARTE 2 — LA VIDA QUE PERDÍ

Mi hijo apretó los puños.

—No quiero que me pidas perdón solamente porque ahora estás solo.

Después se marchó.

Me quedé inmóvil.

Por primera vez comprendí que la pobreza no era mi mayor pérdida.

Había perdido la confianza de mis propios hijos.

Cuando regresé al recibidor, Michael me esperaba junto a la puerta.

Me entregó una pequeña bolsa.

Dentro había comida, una botella de agua y una tarjeta con la dirección de un alojamiento.

Lo miré confundido.

—¿Por qué haces esto?

—Porque Helena no quiere que pases hambre. Y porque tus hijos necesitan que estés bien, aunque todavía no estén preparados para acercarse a ti.

Sentí que la garganta se me cerraba.

—Te odio por estar aquí —confesé.

Michael asintió.

—Lo entiendo.

Después añadió:

—Pero yo nunca fui quien abandonó esta casa.

No tuve respuesta.

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