La puerta se abrió.
Noah estaba allí.
Tenía catorce años.
Había crecido tanto que casi no lo reconocí.
—Hola, papá —dijo.
Me levanté inmediatamente.
—Noah…
Quise abrazarlo.
Pero él permaneció junto a la puerta.
—Mamá, ¿puedo hablar con él?
Helena asintió.
—Por supuesto.
Después salió del despacho.
Mi hijo me observó durante varios segundos.
—¿Es verdad que estás arruinado?
Sentí vergüenza.
—Sí.
Noah bajó la mirada.
—Entonces por eso volviste.
Aquellas palabras me dolieron profundamente.
—No, hijo. Volví porque os echo de menos.
Él soltó una risa amarga.
—Nosotros también te echábamos de menos.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Lo sé.
—Te llamé treinta y siete veces el primer mes.
Me quedé paralizado.
Recordaba aquellas llamadas.
Las había ignorado porque Vanessa decía que mi antigua familia no debía interferir con nuestra nueva vida.
—Noah, perdóname.