Michael cerró los ojos.
—Nunca me dijiste nada.
Aquella frase encendió algo dentro de mí.
—Te llamé, Michael.
Mi voz tembló por primera vez.
—Te envié correos. Fotografías. Cartas. Incluso dejé mensajes en tu oficina.
Él levantó la cabeza.
—¿Qué cartas?
Fruncí el ceño.
—Las cartas que escribí durante los primeros cinco años.
Michael parecía genuinamente desconcertado.
—Laura, jamás recibí ninguna.
Rebecca dejó de moverse.
Lo noté inmediatamente.
Michael también.
Se volvió lentamente hacia ella.
—Rebecca, ¿sabes algo sobre esto?
Ella soltó una risa nerviosa.
—Por supuesto que no.
Pero Oliver levantó la cabeza.
—Mamá…
Rebecca lo fulminó con la mirada.
—No te metas.
El muchacho parecía confundido.
—¿No son esas las cartas que guardabas en el cajón de tu escritorio?
El silencio cayó sobre nosotros.
Michael se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué cartas?
Oliver tragó saliva.
—Las que tenían dibujos de niños. Las vi cuando buscaba mi pasaporte.