—También queremos invitarlos a una ceremonia nacional el próximo mes. Sus investigaciones serán presentadas ante representantes de varias universidades.
Nathan abrió los ojos.
—¿De verdad?
—Absolutamente.
Daniel me miró.
—Mamá, tienes que acompañarnos.
Sonreí entre lágrimas.
—No me lo perdería por nada del mundo.
Michael permanecía junto a la puerta.
Finalmente habló.
—Estoy orgulloso de ustedes.
Daniel lo miró.
—Gracias, señor.
No dijo papá.
Dijo señor.
Y vi cómo aquella única palabra destruía algo dentro de Michael.
Cuando salimos de la sala, Rebecca nos esperaba junto a su hijo Oliver.
El muchacho tenía dieciséis años y llevaba la chaqueta azul de su escuela privada.
Parecía incómodo.
—Michael, tenemos que irnos —dijo Rebecca con impaciencia—. Oliver está agotado.
Pero Michael no la escuchaba.
—Laura, necesito hablar contigo.
Miré a mis hijos.
—Vayan por algo de comer. Los alcanzaré enseguida.