Me miró con la misma paciencia con la que me había escuchado durante todas aquellas noches.
—¿Qué quieres tú?
La pregunta me rompió el corazón.
Porque llevaba casi un mes esperando que un adulto me preguntara algo tan sencillo.
—Quiero ir contigo —respondí.
Rachel se arrodilló junto a mi cama.
—Entonces vamos a intentarlo.
No todo se resolvió en un día.
Hubo evaluaciones, documentos, visitas domiciliarias y reuniones con el equipo médico. Rachel tuvo que demostrar que podía proporcionar un hogar estable y garantizar que yo continuara recibiendo el tratamiento indicado.
Pero lo hizo.
Y cuando finalmente me llevaron a su pequeña casa, encontré una habitación con paredes azul claro, una cama junto a la ventana y una lámpara que parecía una estrella.
Sobre la almohada había una nota.
«No tienes que ganarte un lugar aquí. Ya lo tienes».
La leí tantas veces que terminé memorizándola.