Por primera vez, vi vacilación en su rostro.
Pero duró apenas un segundo.
—Tu padre jamás haría algo así sin una razón.
Aquella frase fue peor que el dolor de mis costillas.
—¿Qué tendría que hacer para que me creyeras? —pregunté—. ¿Morirme?
Mi madre apartó la mirada.
No respondió.
Y en ese silencio comprendí que llevaba toda mi vida esperando que ella me defendiera de un hombre al que nunca había querido desafiar.
—Quiero que te vayas —dije.
Ella me miró, sorprendida.
—¿Qué?
—Quiero que salgas de esta habitación.
—Valeria…
—No. Esta vez me vas a escuchar tú. No voy a discutir contigo. No voy a suplicarte que me creas. Y no voy a permitir que vuelvas a humillarme mientras estoy intentando recuperarme.
Mi voz temblaba, pero no me detuve.
—Si algún día quieres hablar conmigo, tendrá que ser sin insultos, sin amenazas y sin repetir las mentiras de mi padre.