Pero entonces mi padre le acarició la cara y la besó otra vez.
Saqué el teléfono.
Empecé a grabar.
No sabía qué haría con el vídeo. Solo quería tener pruebas antes de enfrentarme a él.
La mujer se bajó del coche y entró en un motel cercano. Mi padre la siguió unos segundos después.
Grabé la matrícula del vehículo, la entrada del establecimiento y sus rostros.
Después envié una copia a un correo electrónico que utilizaba para guardar documentos importantes.
O al menos eso creía.
Porque cuando intenté recordar el resto de aquella noche, mi memoria se interrumpía bruscamente.
—Creo que envié la grabación a alguien —dije finalmente—. Pero no sé si llegó a salir de mi teléfono.
Cole asintió.
—Nuestro equipo forense está trabajando para recuperar los datos. El teléfono está dañado, pero eso no significa que todo se haya perdido.