Regresé a la pequeña tienda donde había comprado las fresas.
La dependienta me reconoció.
—¡Valeria! Hace mucho que no te veía.
Sonreí.
—He tenido un año complicado.
Compré una caja de fresas y salí a la calle.
El aire estaba fresco.
Los coches pasaban a mi alrededor y la gente caminaba con sus bolsas, sus teléfonos y sus preocupaciones cotidianas.
Todo parecía normal.
Y, sin embargo, yo ya no era la misma persona que había entrado en aquella tienda tantos meses atrás.
Había aprendido a pedir ayuda.
Había aprendido que poner límites no era una forma de crueldad.
Había aprendido que el amor no obliga a soportar la violencia.
Y había aprendido que una familia no deja de ser importante cuando uno se niega a guardar silencio.
Mi teléfono nuevo vibró.
Era un mensaje de Martina.