Teresa asintió.
—Sí.
—Me enseñaste desde pequeña que debía decir la verdad. Pero cuando llegó el momento de escucharla, elegiste no hacerlo.
Mi madre se cubrió el rostro.
—Lo sé.
La terapeuta dejó que el silencio se prolongara.
Después Teresa levantó la cabeza.
—No sé si algún día podrás volver a confiar en mí. Pero no voy a pedirte que lo hagas ahora.
No la abracé.
No le dije que todo estaba perdonado.
Solo asentí.
Aquella reunión no reparó nuestra relación.
Pero fue la primera vez que mi madre reconoció que me había hecho daño sin convertir su dolor en una excusa.
Y eso fue un comienzo.
9. La noche en que recordé el golpe
A medida que mi recuperación avanzaba, los recuerdos regresaban de manera inesperada.
A veces, una puerta cerrándose me hacía estremecer.
Otras veces, escuchar una voz masculina elevada me provocaba una sensación de peligro.