—He dicho que no quiero verte.
La enfermera se interpuso.
—Señor, tiene que salir.
Él ignoró sus palabras y me miró fijamente.
—¿De verdad vas a hacerle esto a tu propia familia?
La frase me golpeó más profundamente que cualquier insulto.
—¿Hacerte qué? —pregunté—. ¿Sobrevivir?
Su expresión cambió.
—No sabes lo que estás haciendo. Esos policías están convirtiendo un problema familiar en un espectáculo.
—Me golpeaste hasta dejarme inconsciente.
—Estabas gritando. Me provocaste.
Me quedé helada.
Allí estaba.
Ni una disculpa.
Ni una muestra de arrepentimiento.
Solo la necesidad de culparme.
—Sal de mi habitación —dije.
Mi padre apretó el ramo.
—Escúchame. Si entregas esos documentos, vas a arruinar la vida de mucha gente. Empleados inocentes podrían perder sus trabajos. Tu madre no soportaría esa vergüenza.
—Entonces debiste pensar en ellos antes de golpearme.
Su mandíbula se tensó.