—Todavía no necesito hacerlo.
Su sonrisa desapareció.
Entonces atacó.
Su pierna salió disparada hacia mi cabeza con una velocidad impresionante.
Pero yo ya había reconocido el movimiento.
Incliné ligeramente el rostro.
La patada pasó junto a mi oreja.
Blake perdió el equilibrio y tuvo que dar dos pasos para recuperarse.
Los padres dejaron de murmurar.
—Tuviste suerte —gruñó.
No respondí.
Volvió a atacar.
Esta vez lanzó una combinación de golpes rápidos.
Esquivé el primero.
Desvié el segundo.
Y cuando intentó alcanzarme con el tercero, sujeté brevemente su muñeca para detener el movimiento.
No lo golpeé.
Simplemente lo solté.
—Basta, Blake.
Su rostro se puso rojo.
—¡No me digas cuándo parar!
Desde las gradas, un anciano se levantó lentamente.
Llevaba una chaqueta militar desgastada y caminaba apoyándose en un bastón.
Sus ojos estaban clavados en mí.
—Dios mío… —susurró.
El hombre sentado junto a él preguntó: