Alejandro cumplió su palabra.
Entregó los documentos de la familia a las autoridades, cooperó con la investigación y renunció a varios cargos dentro de la fundación mientras se revisaban sus operaciones.
También aceptó que su apellido no lo protegía de las consecuencias de lo ocurrido.
Durante meses, acudimos a terapia de pareja.
Hubo discusiones.
Hubo silencios.
Y hubo momentos en los que pensé que quizá no podría volver a mirarlo de la misma manera.
Pero Alejandro dejó de pedirme que olvidara.
Comenzó a escuchar.
No intentó justificar las decisiones de su padre ni utilizó el dinero para resolver lo que debía enfrentarse con honestidad.
Cuando Lucía necesitó tratamiento y apoyo para reconstruir su vida, él se aseguró de que recibiera atención profesional, pero nunca utilizó esa ayuda para exigirle gratitud.
Un día, mientras desayunábamos, me dijo:
—Durante mucho tiempo creí que ser un buen hombre significaba hacer grandes donaciones, construir hospitales y aparecer en fotografías ayudando a los demás.