Colocó el relicario sobre las flores y comenzó a llorar.
—Perdóname por tardar tanto.
El viento movió suavemente las hojas de los árboles.
Yo cerré los ojos.
Recordé la última petición de nuestra madre.
«Si alguna vez la encuentras, dile que nunca dejé de esperarla».
Me volví hacia mi hermana.
—Mamá nunca dejó de esperarte.
Lucía apretó mi mano.
—Y tú tampoco.
Nos abrazamos frente a la tumba.
Por primera vez en veinte años, no había una silla vacía en nuestra familia.
No había una fotografía que representara a alguien perdido para siempre.
Había dos hermanas que habían sobrevivido a una tragedia y que, contra todo pronóstico, habían conseguido encontrarse de nuevo.
¿Y qué ocurrió con Alejandro?
Nuestro matrimonio no volvió a ser el mismo inmediatamente.
La confianza no se reconstruye con una disculpa ni con una promesa.