No la presionamos.
Por primera vez en veinte años, Lucía tenía una cama propia, ropa limpia, comida suficiente y personas que la escuchaban sin exigirle nada a cambio.
Yo aprendí a peinarle el cabello.
Aprendí qué alimentos le gustaban.
Aprendí que prefería las ventanas abiertas y que todavía tenía miedo a los truenos.
También aprendí a pedirle perdón sin esperar que me absolviera inmediatamente por mis propias palabras crueles.
Una mañana, mientras desayunábamos, sonó el timbre.
La empleada abrió la puerta y anunció que una mujer preguntaba por Alejandro.
Era una señora de unos sesenta años, elegante, con un abrigo gris y un bolso de cuero.
Cuando entró en el vestíbulo, miró a Lucía.
Y dejó caer el bolso.
—Dios mío —susurró.
Lucía se puso rígida.
Yo me levanté inmediatamente.
—¿Quién es usted?