Me acerqué lentamente a la bañera y le mostré la fotografía.
—Lucía… —dije, aunque todavía no sabía si tenía derecho a pronunciar aquel nombre—. ¿Reconoce a esta niña?
La anciana observó la imagen.
Al principio, su expresión permaneció vacía.
Después, sus labios comenzaron a temblar.
Extendió una mano huesuda y rozó la fotografía con la punta de los dedos.
—Esa niña…
Su voz se quebró.
—¿Quién es? —preguntó.
Las lágrimas comenzaron a correrme por las mejillas.
—Es mi hermana.
La mujer cerró los ojos.
Y entonces ocurrió algo que nunca olvidaré.
Se llevó ambas manos a la cabeza y empezó a respirar con dificultad.
—No… No puede ser…
—¿Qué sucede?
—Yo… yo conozco esa cara.
La miré fijamente.
—¿Recuerda algo?
La anciana comenzó a llorar.
—Una casa blanca… Un jardín… Una niña que me toma de la mano…