También había sido la cantidad de personas que quizá sabían algo y eligieron callar.
La confesión de Alejandro
Regresamos a casa al anochecer.
Lucía estaba en la sala, viendo fotografías antiguas con la enfermera.
Cuando me vio, sonrió.
—¿Encontraste algo?
Me senté a su lado y le tomé la mano.
—Sí. Encontramos una carta de mamá.
Lucía comenzó a llorar.
—¿Mamá sabía que yo estaba viva?
No pude responder inmediatamente.
—No lo sé, cariño. Pero sabía que algo podía ocurrir y dejó documentos para que algún día encontráramos respuestas.
Lucía apretó el relicario contra su pecho.
Alejandro permaneció de pie, en silencio.
Después pidió hablar conmigo a solas.
Subimos al despacho.
Él cerró la puerta y se quedó mirando sus manos.
—Hay algo que debo confesarte.
Sentí un cansancio inmenso.
—Te escucho.
—Hace años, encontré una carta de mi padre en la que mencionaba a tu familia. No entendí el contexto y nunca investigué. Cuando me hablaste por primera vez de la desaparición de Lucía, recordé el nombre de tu madre en aquella carta.