PARTE 2: La anciana sin hogar tenía la marca de nacimiento de mi hermana desaparecida… y mi marido sabía algo que podía destruir nuestras vidas

Era idéntica a la que tenía mi hermana menor.

Mi hermana Lucía.

La niña que había desaparecido cuando yo tenía dieciséis años y ella apenas catorce.

La niña a la que nuestra madre había buscado hasta el último día de su vida.

La niña cuyo nombre había grabado en un relicario de plata que yo llevaba escondido desde hacía veinte años.

—Por favor… —susurré.

La anciana intentó cubrirse el hombro con una mano.

—¿He hecho algo malo?

Aquella pregunta me atravesó el corazón.

Hacía apenas unos minutos la había tratado como si fuera una molestia. Había hablado de su cuerpo con desprecio, de su ropa como si no tuviera derecho a conservarla y de su presencia como si ensuciara mi casa con solo respirar.

Y ahora estaba frente a mí, posiblemente a pocos centímetros de la respuesta a una de las mayores tragedias de mi vida.

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