Reconocí a uno de ellos.
No porque lo hubiera visto antes, sino porque había visto su rostro en otra parte.
En un retrato antiguo que Alejandro conservaba en el despacho.
Su padre.
—¿Qué hacía tu padre en esa obra? —pregunté.
Alejandro se quedó inmóvil.
—No lo sé.
—¡Deja de decirme que no lo sabes!
Él apretó los labios.
Después sacó otro documento.
Era una copia de un informe antiguo sobre el accidente. En una de las páginas aparecía una anotación manuscrita.
«La menor será trasladada a un centro de atención. No contactar con familiares hasta nueva evaluación».
Debajo había una firma.
La firma del padre de Alejandro.
Sentí que el aire abandonaba la habitación.
—Tu padre firmó esto.
Alejandro observó el papel durante un largo momento.
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé, Mariana.
—¿Estás diciendo la verdad?
Él me miró con los ojos enrojecidos.