—Tu nombre.
Dejé de respirar.
—¿Mi nombre?
—Mariana.
Me abrazó con una fuerza inesperada.
—Mi Mariana.
Y entonces pronunció las palabras que había esperado escuchar durante veinte años.
—Hermana… ¿por qué tardaste tanto en encontrarme?
No pude contestar.
La abracé y lloré como una niña.
Lloré por nuestra madre.
Por los cumpleaños perdidos.
Por las Navidades en las que habíamos dejado una silla vacía.
Por todos los días en que había imaginado a Lucía en algún lugar, sin saber si tenía frío, si estaba herida o si alguien la había olvidado.
—Lo siento —repetía—. Lo siento tanto.
Ella me sostuvo mientras llorábamos juntas.
Pero nuestra felicidad duró poco.
Porque a la mañana siguiente, mientras Lucía desayunaba en la habitación, Alejandro recibió una llamada.
Lo vi escuchar en silencio.
Después palideció.
—¿Qué sucede? —pregunté cuando colgó.