PARTE 2 — La trampa que nunca vieron venir

A las dos de la tarde, Michael me envió una copia de los documentos que había conseguido revisar.

Había algo extraño en la supuesta transferencia.

La firma se parecía a la mía, pero la fecha no coincidía con mis registros de servicio. Además, el documento identificaba a mi padre como si tuviera autoridad para transferir la propiedad.

No la tenía.

La escritura estaba exclusivamente a mi nombre.

La casa, el terreno y las mejoras habían sido pagados con mis propios recursos.

Michael me explicó que las autoridades competentes tendrían que verificar la autenticidad del documento y que cualquier medida para recuperar el acceso debía seguir los procedimientos legales correspondientes.

—¿Qué quieres hacer? —me preguntó.

Miré la fotografía de James que guardaba junto a mi escritorio.

Él había sido quien me convenció de comprar aquella casa.

«No construyas una vida en la que todos tengan derecho a entrar, pero nadie tenga que respetarte», me había dicho una vez.

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