Porque la verdadera victoria de Vivian no fue entrar en aquella gala con un vestido espectacular, ni descubrir que poseía una fortuna, ni ver cómo su marido perdía el poder que tanto deseaba.
Su verdadera victoria fue comprender que no tenía que demostrar su valor a quienes habían decidido no reconocerlo.
Sus cicatrices no la hacían menos hermosa.
Su matrimonio no definía su identidad.
Y su pasado no tenía derecho a decidir su futuro.
Aquella noche, Preston había esperado que Vivian se escondiera.
En cambio, ella entró por la alfombra roja, levantó la cabeza y siguió caminando.
No para que todos la admiraran.
No para vengarse.
Sino porque, después de tantos años viviendo a la sombra de un hombre que la despreciaba, por fin había aprendido a no avergonzarse de la mujer que había sobrevivido al fuego.