—Me dijiste que mi espalda te daba asco. Que mis cicatrices me hacían indigna de estar a tu lado.
Sentí que la voz me temblaba, pero continué.
—Estas cicatrices son el precio que pagué por salvarte la vida. Y lo más triste no es que hayas dejado de amarme. Es que nunca comprendiste lo que significaba que alguien te amara de verdad.
Él bajó la mirada.
No sentí satisfacción.
Solo una profunda tristeza por la mujer que había sido cinco años atrás, convencida de que soportar el desprecio era una forma de demostrar amor.
—Vivian, por favor —murmuró—. Podemos arreglarlo. Somos una familia.
Miré los documentos de divorcio que todavía sostenía entre sus manos.
—No, Preston. Fuimos un matrimonio. Tú decidiste convertirlo en una transacción.
Me alejé de él.
Y no volví la vista atrás.
La última traición de Cassidy
Pensé que todo había terminado.