Y ahora, frente a cientos de invitados, aquella niña parecía una desconocida.
Alexander se acercó a Rachel.
—Necesito hablar contigo en privado.
Ella comenzó a llorar.
—Alexander, por favor. No arruines nuestra boda.
Él la observó con tristeza.
—La boda no está arruinada. Pero hay algo importante que debemos resolver.
Después se volvió hacia mí.
—Emily, ¿podría esperar unos minutos?
Asentí.
—Por supuesto.
El rey me acompañó hasta una terraza con vistas al mar.
El viento movía suavemente las cortinas blancas.
Durante unos momentos permanecimos en silencio.
Finalmente habló.
—Mi hijo nunca olvidó aquella noche.
Miré el horizonte.
—Yo tampoco.
El monarca respiró profundamente.
—Después de regresar, Alexander cambió. Comenzó a trabajar con organizaciones humanitarias y a participar en programas de asistencia a veteranos.
Sonreí.
—Me alegra saberlo.
El rey me observó.
—Usted le recordó que la valentía no consiste en tener poder, sino en utilizarlo para proteger a otros.