Sentí un nudo en la garganta.
Samuel respiró profundamente.
—Hace cinco años, su abuelo transfirió legalmente esta propiedad a un fideicomiso familiar. Clara figura como única beneficiaria.
Mi madre abrió la boca.
Pero no salió ningún sonido.
Mi padre dio un paso adelante.
—¡Eso es imposible!
Samuel continuó.
—El señor Bennett conservó el derecho de vivir aquí durante el resto de su vida. Tras su fallecimiento, la propiedad debía quedar bajo el control de Clara, conforme a las condiciones establecidas.
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿El abuelo me dejó la casa?
Samuel sonrió.
—Sí, Clara. Esta casa es tuya.
Durante unos segundos no pude respirar.
Miré las paredes.
La escalera de madera que el abuelo había reparado con sus propias manos.
La ventana donde me sentaba a esperarlo cuando volvía del mercado.
La pequeña cocina donde me enseñó a preparar panqueques.
Todo aquello que había temido perder desde el día de su muerte.