Su madre comenzó a llorar.
Pero no parecía sorprendida.
Y Jake lo notó.
—Mamá… ¿qué sabes?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Jake, hay algo que debí haberte contado hace mucho tiempo.
Antes de que pudiera continuar, alguien llamó a la puerta.
Tres golpes firmes.
Jake se volvió.
Cuando abrió, se encontró frente a una mujer de unos sesenta años, elegantemente vestida, con una carpeta negra bajo el brazo.
La reconoció inmediatamente.
Era Victoria Bennett, mi madre.
Y la expresión de su rostro no era la de una mujer que había venido a consolar a su yerno.
Era la de alguien que llevaba tres días esperando aquella conversación.
—Tenemos que hablar —dijo.
Jake intentó sonreír.
—Victoria, gracias a Dios. ¿Dónde está Olivia? ¿Dónde está mi hijo?
Mi madre lo miró durante varios segundos.
—Tu hijo está vivo.
Jake soltó el aire que llevaba conteniendo.