Me reí entre lágrimas.
Por primera vez en meses, la presión que sentía en el pecho disminuyó.
Todavía tenía deudas. Sophie seguía enferma. El futuro no se había vuelto sencillo solo porque un hombre al que apenas conocía hubiera dejado una fundación.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, había una posibilidad real de conseguir ayuda.
Antes de terminar la llamada, Emma me hizo una pregunta.
—¿Cómo se llamaba?
Miré la fotografía una vez más.
—Samuel.
Y pronuncié su nombre con la misma suavidad con la que lo había escuchado aquella noche lluviosa de 1998.
No sabía aún qué ocurriría con la solicitud ni cuánto apoyo recibiríamos. Tampoco sabía qué otras sorpresas guardaba aquella caja.
Pero cuando volví a doblar la carta, descubrí que había una segunda hoja pegada al fondo del sobre.