Un fondo de ayuda de dos millones de dólares.
No era una herencia personal en el sentido habitual. Samuel había creado aquel fondo para ayudar a familias que atravesaban crisis médicas y económicas, especialmente a padres que estaban criando solos a sus hijos. La fundación tenía criterios de elegibilidad, un comité independiente y un proceso de revisión para garantizar que la ayuda llegara a quienes la necesitaban.
Mi nombre aparecía en una carta de recomendación escrita por Samuel.
No como beneficiaria automática.
Sino como la primera persona a la que quería que el comité invitara a presentar una solicitud.
—No puedo aceptar algo así —susurré—. Yo le di diez dólares. No le salvé la vida.
Richard me miró con serenidad.
—Samuel sabía que diría algo parecido. Por eso dejó instrucciones muy claras. Usted no le debe nada. Si decide solicitar la ayuda, será evaluada de acuerdo con las normas de la fundación. Si no lo hace, nadie la presionará.