Desde aquel día, cada vez que Sarah me abraza y me dice que se siente bien, recuerdo aquella playa, la ambulancia y las palabras del médico.
Y doy gracias por haber llegado a tiempo para empezar a descubrir la verdad.
Porque a veces, el mayor peligro no viene de un desconocido.
A veces, se esconde detrás de una sonrisa familiar, de una receta supuestamente milagrosa y de alguien que insiste en que solo quiere lo mejor para tus hijos.
Y el amor verdadero nunca debería exigir silencio para proteger sus secretos.